La casa de campo en acuarelas.

Vivo cerca de la Casa de Campo. Un padre y las casualidades eligieron el lugar y no le ha venido nada mal porque la Casa de Campo es estupenda para pasear con los perros, hacer deporte, disfrutar de la naturaleza y… pintar.

Paisaje de la Casa de Campo. Otoño eterno. Acuarela 50×70 cm

He pintado siempre mucho paisaje, pero de los motivos que ha habido para esto ya se hablará en otro momento.

Ahora, aquí, quiero contar si sé, algo que me parece fue el comienzo de Yolopinto. Ni él ni yo lo supimos entonces. Me parece que lo acabamos de descubrir cuando nos preparábamos para presentar este blog.

Hace algún tiempo me encontré por la calle con mi amiga y pintora C. Conocí a C el primer día de facultad y hemos seguido trayectorias parecidas.

Paisaje del reservado Grande. Acuarela 50×70 cm.

A ella también le gusta el paisaje; también obtuvo la beca que proporciona la cátedra de Bellas Artes y juntos hemos hecho salidas y excursiones para pintar. La más larga a Marruecos. Pero de eso hace ya muchos años y C y yo hacia tiempo que no coincidíamos cuando nos encontramos casualmente. El caso es que rápidamente improvisamos una pequeña excursión “pictórica” y elegimos la Casa de Campo para no complicarnos más.

Por más que se obstinen los folletos de turismo y el mismísimo ayuntamiento, la Casa de Campo no es un “parque”. Es un monte natural de 1.722 hectáreas y 18 km de perímetro (amurallado por cierto por Sabatini) que Felipe II utilizaba como coto de caza.

Hay mantenimiento y cuidados forestales; pero básicamente se mantiene como lo que es: un monte, un gran encinar; nada de parque.

En algunas zonas cercanas a los arroyos que van al Manzanares los árboles se permiten variar y en lugar de las adustas encinas y pinares crecen olmos, fresnos y robles. También hay tilos, moreras y catalpas y hasta algún tamarindo. Chopos, álamos blancos y almendros. Y también, cómo no: castaños y plátanos enormes punteando los caminos principales y avenidas que fueron para carruajes, cerca de la primera “casa de campo” de los Vargas. Por extensión de ahí le viene el nombre a todo lo demás.

Le propuse esta zona a C para reunirnos a pintar. Más en concreto el llamado “Reservado grande”. Es un recinto del tamaño de varios campos de fútbol, pero sin embargo resulta íntimo y acogedor. Porqué, no lo sé. Quizás sea porque está realmente ”reservado”, protegido del resto por una tapia antigua y alta de piedra, ladrillo y mortero que lo aisla de cualquiera que no sepa que existe.

No hay publicidad ni carteles, ni flechas ni indicaciones. Tiene cuatro puertas de acceso pero dos están siempre cerradas y las que quedan abiertas a según qué horas, parecen permitir sencillamente el paso a los forestales, guardias y obreros. Sin embargo es de uso público como el resto de las diecisiete mil y pico hectáreas.

Recuerdo la primera vez que accedí. Debió ser por casualidad y debía ir buscando nuevos paseos para mi perra Duna. Creo que también era otoño porque no hay nada como el otoño para dejarte con la boca abierta y fue así como me quedé, mirando las altas copas de los arces dorados que no me esperaba que estuvieran allí.

Árboles a contraluz en el reservado Grande de la Casa de Campo. Acuarela 50×70 cm.

No soy bueno con las descripciones y me pesa. Me imagino a mí mismo agarrando al hipotético lector por los hombros y sacudiéndole mientras  le increpo “pero es que tengo que explicártelo todo!” ¿ cuantas palabras son necesarias para contar algo correctamente? Qué pregunta más tonta, ¿verdad? Pues más o menos es así como me he sentido a menudo con la pintura.

¿Cuando está un cuadro acabado? ¿Cuando es un buen cuadro? Reconozco que ahora ya no me preocupa y creo que dejó de preocuparme desde aquel día que quedé para pintar con mi amiga C en el Reservado de la Casa de Campo, en otoño.

¿Qué pasó? Lo cierto es que nada muy especial. Yo llevaba algún tiempo jugueteando con las acuarelas sin conseguir estar a gusto con los resultados. Lo que era capaz de obtener no me parecía suficiente. Tenia su gracia y poco más. Cuando intentaba ponerme serio lo conseguía sin problemas porque técnica no me falta; pero los resultados me aburrían. ¿Entonces?

Aquel día de otoño mi amiga C estaba muy habladora. Es una narradora estupenda. Además es de las que escuchan. Estando a su lado uno no puede quedarse moviendo la cabeza como el perro de la parte de atrás del coche. Su generosa pasión te arrastra a intervenir.

A pesar de estar pendiente de su compañía, pude pintar unas cuantas acuarelas: gente paseando, los aprendices de torero, el telón de árboles alrededor… Dejaba que mi atención vagara libre de el motivo al papel sin exigirle demasiado. Cuando me quise dar cuenta estaba rodeado de acuarelas secándose y C. atenta al reloj para ir a preparar de comer a los suyos; así que recogí a toda prisa y nos marchamos.

Creo que me olvidé de aquella sesión hasta algunos días más tarde. Fui a echar mano de la carpeta donde había llevado las acuarelas.; probablemente porque la necesitaba para otro asunto. El caso es que cuando “vi” realmente lo que había hecho me quedé sorprendido y contento. Mis acuarelas seguían siendo torpes, pero por alguna razón desconocida no me parecía mal.

Árboles en el reservado Grande de la Casa de Campo.Otoño eterno. Acuarela 50×70 cm.

Si me paro a analizarlo lo que ocurrió fue lo siguiente. Primero: yo estaba más atento a C que a lo que hacía pintando; lo cual no quiere decir que no estuviera atento a la pintura sino que no le exigía demasiado. Segundo: el papel que había llevado no era demasiado bueno así que no podía insistir. Cuando me daba cuenta de que ya había puesto lo imprescindible pasaba a otro sin más miramientos. Tercero: no tuve ocasión de “juzgar” las obras en el momento, ni por supuesto de “compararlas” con el motivo original. Cuando pude verlas ya no tenía más referente que la acuarela misma. Y cuarto –definitivo- me había olvidado por completo de la sesión. Cuando vi las acuarelas fue como si las viera por primera vez, como si las hubiera pintado “otro” Y ese “otro” me gustaba.

Desde entonces aprendo a convivir con mis limites. Casi a apreciarlos y a dejarlos en paz. Ellos saben mejor que yo por donde llevar el pincel …por lo que puedo ver.

Yolopinto vino después. Sin la tranquilidad que me ha dado estar (razonablemente) a gusto con lo que hago, no hubiera podido llamarlo a mi lado. Ahora creo que somos un buen equipo… A nuestra disposición y a la tuya.

Hilera de árboles en el Reservado Grande de la Casa de Campo. Acuarelas 50×70 cm.

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