Acuarelas del jardín Botánico. Pintar y pasear.

Pasear me gusta casi tanto como pintar. A ser sinceros, por lo general me gusta más… La satisfacción de hacer un trazo y que todo encaje es sensacional e insuperable pero no siempre que estás pintando sucede. 

Sin embargo un paseo es muy raro que no traiga, al menos, un buen momento. Creo que puedo pasear por cualquier lugar y la belleza y la vida me sale al paso.

A veces resulta frustrante… porque no puedes pintarlo todo. Pintar para mí tiene mucho de gratitud y de reconocimiento por lo que recibo. Puede ser doloroso no estar a la altura y … no nos engañemos: nunca se está a la altura. Hay que hacer “otra cosa” …

A ver si me explico. Yo sé pintar lo que se dice “muy bien”…pero pintando así no consigo ni siquiera arrimarme al listón de la realidad. Prefiero hacer trazos sencillos y rápidos con acuarelitas que, mientras los hago, me van colocando en un lugar muy parecido a lo que siento mientras paseo. ¿Cómo es eso?

Pasear es algo que llevo haciendo, creo, desde que supe quien iba a ser de mayor. Iba a ser una de esas personas que no se entregan con demasiada energía ni convencimiento a ninguna causa. No fue una “decisión”; más bien una toma paulatina de conciencia. Las propuestas ofrecidas para mi futuro me resultaban ajenas.

Era mejor esperar que involucrarse a lo tonto para luego tener que recular. Y resulta que el tiempo pasa más despacio cuando no se tiene nada que hacer. Creo que ahí fue cuando me convertí en un paseante. Uno se echa a andar igual que la gallina que cruza la carretera.

Al rato los pensamientos se acompasan al ritmo de los pasos y los pasos al ritmo de las imágenes que uno mira. Todo llama la atención, pero nada demasiado. Solo que a veces sí. A veces una ocurrencia destaca del resto y parece que se puede convertir en una buena idea…

 

Con las imágenes sucede lo mismo pero de forma más potente . Cuando algo llama la atención, se produce a menudo una especie de reacción en cadena y a partir de ese momento “todo” llama la atención. Es apartar un visillo de polvo que ocultara el brillo natural de las cosas. Normalmente a esas alturas ya no estoy pensando en nada y el efecto es muy agradable.

Hay lugares que favorecen esta especie de deslumbramiento – aunque creo que tiene más relación con el ritmo lisérgico de los pasos, que con el interés que ofrece el lugar en sí mismo…-

Bueno; uno de esos lugares es el Jardín Botánico de Madrid. Lo primero que uno siente es cómo se amortigua el ruido de la ciudad. No desaparecerá hasta que no nos adentremos más; pero me gusta sentirlo así: en sordina lejana. Me parece que los árboles y las plantas tienen el poder de recoger el silencio y ofrecerlo. Es estupendo.

Esta primera impresión de entrar en un mundo habitado por seres silenciosos y acogedores se hace mayor al entrar en conversación con cada planta. Cada cual con su forma y disposición de hojas, tallos, flores y colores. La variedad es inmensa y una por una son singulares y bellas. Es un festín para la vista y no resulta fácil estar alerta a todo.

Mi capacidad de prestar atención se consume en un periquete y tengo que pasar de largo como de tapadillo, por un parterre tras otro hasta recuperar la capacidad de emoción. Entre tanto he dejado que otros asuntos me atraparon: un gato, los jardineros trabajando, otro visitante.

 

Hay parejas que se hacen fotos delante de las flores y sonríen. Cuando han hecho la foto dejan de sonreír. Otros corren para señalar a su acompañante descubrimientos sensacionales y otros caminan con pausa dejando vagar la vista a capricho. Estos son mis favoritos… Me aparto del tema: los paseos por el Botánico no me duran mucho. Por unas cosas o por otras otras llega un momento en el que me duele perderme tantas cosas en la que uno debería fijarse y prefiero marcharme. Siempre hasta la próxima.

Al llegar a casa tengo que vaciar el cargamento de imágenes que traigo en el ánimo . Y empiezo a pintar acuarelitas. Una, otra, otra y otra más. Y luego otra más… Y así hasta que las pinceladas semejan el ritmo de los pasos que dí y tampoco tengo ya ningún pensamiento y todo se vuelve brillante otra vez.

Lo que veis en estas acuarelas no es lo que yo vi. No es la “realidad” . Es lo que han querido ver  mis pinceles. Yo me mantuve a un lado. Es lo que me gusta hacer cuando pinto y también cuando paseo. Cuando permito que las cosas ocurran, siempre me sorprenden y me gusta más el resultado que cuando voy de antemano con un guión. Y desde luego me lo paso mejor, algo que para mí es importante. Disfrutar de lo que uno hace es la prueba del nueve  a escala cósmica.

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