Acuarelas del jardín Botánico. Las palabras alrededor de una obra.

Para muchas personas, las pinturas o cualquier obra plástica deben hablar por sí mismas. Rodearlas de palabras sólo sirve para justificar o reparar un fallo en la comunicación con el espectador … o en la propia obra.

Yo mismo estoy bastante de acuerdo con esto. Aunque no del todo. Mi argumento para teorizar es que encuentro placer explicando lo que hago. La mayoría de las veces, nadie me escucha; pero estoy acostumbrado y entiendo que motivos habrá.

Me gusta perderme en los inicios de las historias que me cuentan. A menudo exaspero a mis compañeros de charla. Por ejemplo: me están contando que “el otro día Fulanito se encontró con Menganito y entonces …” Y yo interrumpo y digo” sí; pero qué hacían allí, cómo fue que se encontraron”.

No suelo tener suficiente información. Reclamo más. Si no me cuentan las cosas “bien” me aburro y pierdo interés… Cuando creo que he comprendido porqué ocurren la cosas de la forma en que lo hacen, todo encajará a continuación y entenderé la lógica interna de que Fulanito y Menganito se encuentren y lo que hubo de suceder por ello.

Esta es la teoría. En la práctica el personal me rehuye y hasta los “buenos días” me son dados con cierto recelo. En fin: todo tiene su precio.

Recientemente se me ha ocurrido que esta manía mía tiene su origen en un hábito que pillé de pequeño.

Me gustaban mucho los animales; pero iba mucho más allá de leer sobre sus costumbres o pintarlos. Yo trataba de sentir cómo serían la cosas si fuera un conejo, o un ciervo o una pantera. Me ponía a cuatro patas en el pasillo y le echaba imaginación.

Enseguida fui convencido con firmeza de los problemas de convivencia que esto podía generar…en mi abuela, pongo por caso. Como prevención, antes de cada trasmutación o “performance” me preocupaba en explicar qué cabía esperar y en dar la confianza de que a pesar de la apariencia, yo seguiría al control.

Convenía además esta aclaración porque, aunque yo fuera a interiorizar correctamente el comportamiento de una jirafa, por suponer algo, estaba casi, casi seguro de que no iba a ofrecer una imagen muy verosímil. De modo que aprovechaba para explayarme sobre los detalles que los demás tenían que “ver” cuando yo me hiciera jirafa: la piel a manchas , el largo cuello, los ojos enormes y la imposibilidad de beber agua sin hacer genuflexiones, por ejemplo.

Todo eso es lo que ocurría “antes” de la acción, propiamente dicha. ¿Se entiende ahora mejor mi interés un tanto obsesivo, quizás, por los prolegómenos?

 

La curiosidad que lograba atraer hacia mis performances, solía limitarse al momento de la explicación.

Mis parientes tenían interés justito para atender lo que se suponía que iba a ser un gibón, y en cuanto podían, volvían a sus ocupaciones sin más. Sospecho que mis transmutaciones provocaban vergüenza ajena y preferían evitarlas en lo posible.

Quizás ponía el listón muy alto porque que a medida que mi pasión zoologica se refinaba, me iba alejando de la idea más transitada de lo que supone ser un bicho común y corriente. Una vaca es más asequible que un roqual, un equidna o un ornitorrinco… me parece.

El caso es que de forma colateral, me ha quedado la manía de querer “explicar” mis pinturas … entre ellas, esta acuarelitas que veis aquí.

Estas acuarelas y otras muchas que tengo por ahí, pertenecen a una serie que hice sobre la experiencia de pasear y pintar por un jardín botánico. (Este es el Real Jardín Botánico de Madrid…pero por los que llevo vistos, podría ser cualquier otro). 

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