Ayer di un pequeño taller de pintura con acuarela. Salió bastante bien, creo. La mayoría de las personas que vinieron no habían tocado nunca la acuarela y esto suponía un reto especial para mí. Tenía la responsabilidad de tratar lo más  honestamente posible a  estas personas que venían con toda la ilusión de aprender.

Ocurre que durante toda mi vida como pintor he tenido serías dudas acerca de lo que supone pintar “bien”. Estas dudas me han frenado durante largas temporadas o bien me han llevado a probar caminos que eran ajenos a mi forma de ser. ¿Cómo enfocar la enseñanza con este bagaje? Afortunadamente, gracias también a los años,  he ido llegando al convencimiento de que no es una cuestión tan relevante como me parecía. Pintar “bien” tiene que ser consecuencia de pintar como uno quiere y de disfrutar con la experiencia. No se trata tanto de conseguir buenos resultados, como de estar feliz mientras tanto. Es sencillo al fin y al cabo. Es tan sencillo que cuesta creer.

Enseñar supone transmitir una experiencia más que unos conocimientos. De esta manera también, dejas abierta la puerta a que cada persona elija su camino, su forma de hacer; porque no es dogmático. Uno enseña lo que hace y expone de la manera más cordial posible el porqué.

La acuarela me ha sido de muchísima utilidad en mi trayectoria … debería decir: en mi vida. Todas las técnicas tienen unas convenciones para obtener de ellas  el máximo partido … a priori. Estas técnicas han sido más o menos estipuladas por grandes maestros. A las personas que quieren aprender a pintar “bien”, les conviene someterse a esas disciplinas. Se supone que eso es lo que se ha de enseñar en los libros, las escuelas, los talleres y las universidades…y ahora también, en los tutoriales de internet, jajaja. Yo mismo he aprendido mucha técnica de esta forma. Incluso también la manera “correcta” de pintar acuarelas. Sin embargo, no es esta la “manera” que me hace más feliz. A mi manera, en mi manera, soy autodidacta.

Voy a contaros cómo, por si os interesa.

La primera vez que pinté con acuarela tuve una sensación de desastre total. Tenía enfrente un motivo muy complejo y quise ponerlo “todo” en el papel. En aquel entonces era muy ambicioso y también muy ingenuo. El batacazo fue tan grande que me quitó las ganas durante años.

El azar y el aburrimiento me dieron una segunda oportunidad. Era una tarde de verano larguísima y no tenía nada que hacer. Estaba de viaje. Recuerdo que en el último momento, antes de cerrar la maleta, había echado con descuido, una pequeña caja de acuarelas que alguien me regaló. La cajita me miraba. Yo le decía a la cajita: “la última vez que pinté con acuarelas el resultado fue un desastre”. “Bueno, no te hagas el propósito de llegar a ningún resultado, salvo pasar el rato” me contestó la cajita. Le hice caso y hasta hoy.

Aquello que pinté no fue gran cosa; pero me lo pasé en grande y continúe durante toda mi estancia del viaje haciendo pequeñas acuarelas. No me aburrí más. Soy un diletante, me dirás.

Han pasado los años, muchos, y sigo siendo un diletante. También me he formado como acuarelista serio y puedo hacer una acuarela casi tan buena como la de cualquiera. Lo que pasa es que no me divierte tanto.

He pensado mucho en todo esto. Me he preguntado cual es el valor que hay que anteponer para ser honesto y presentarme ante el mundo mundial. A veces doy clases, a veces expongo mi trabajo y siempre me expongo a mí mismo. Me gusta poder explicar mi comportamiento y mis decisiones.

Cuando pinto una acuarela “por amor al arte” me dejo llevar. El resultado me importa, claro… Lo que ocurre es que estoy convencido de que el resultado es lo que queda visible de la felicidad del proceso. La acción de pintar una acuarela, plenamente concentrado en lo que hago – y feliz- produce una acuarela “buena” – y feliz- que a su vez producirá en el espectador el consecuente buen rollo.

Todo esto es bastante banal, si quieres. Lo acepto. Por suerte hay en el mundo muchísimas personas entregadas a causas de más valor… y si tú eres una de ellas, te felicito y te admiro.

En resumen: he descubierto mi forma de hacer. La cultivo con esmero siempre que puedo y sé también, más o menos, explicar en qué consiste y a qué obedece. No es una cosa extraña. Al contrario, creo que es muy normal, podría decir casi que es “natural” a todas las personas y por eso al alcance de cualquiera y con lo que cualquiera se puede sentir identificado. Por eso creo que lo puedo enseñar con cierta facilidad – y felicidad- y es a lo que dedico mis clases.

El día 21 de Abril doy otro taller, en el siguiente botón tienes toda la información

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