No siempre he pintado de la forma en que ahora ves. Hubo un tiempo en el que  pintaba realmente muy bien. Pero algo no funcionaba. Compartía el estudio con una buena amiga  que decía que le daba mucho meneo y que debía pintar menos y pensar más. Le hice caso y durante un tiempo que se me hizo larguísimo, pensé un montón en la mejor manera de pintar. Pero no funcionó. Pintar bien me resultaba algo cargante.

Es curioso porque yo había tenido unos comienzos muy prometedores. Me torcí cuando me dio por pensar que me faltaba técnica y que no tenía recursos suficientes para afrontar quien sabe qué retos. Tampoco estaba muy seguro sobre “qué” pintar. En definitiva: me tomaba todo muy en serio y era muy perfeccionista. Estaba muy perdido.

Han pasado los años y he tenido la fortuna de no dejar de pintar, ni siquiera en las épocas más tontas. Una cosa buena que tiene ser perseverante es que acabas comprendiendo cosas de uno mismo, aunque sólo sea por contemplar el paso del tiempo.

He aprendido, por ejemplo, que “pintar bien” no significa nada en concreto. He aprendido que “pintar bien” simplemente significaba hacer aquello para lo que mi talante no tenía disposición… He aprendido que “pintar bien” significa ser valiente y aceptar lo que eres.

Las acuarelitas me han ayudado a comprender todo esto. Mis mejores cuadros fueron los que pinté casi sin darme cuenta. Con las acuarelas esto me ocurre casi siempre. Es una técnica tan liviana que se resiste a la seriedad. Recuerdo que cuando empecé a pintar acuarelas no me lo tomaba en serio. Sabía bien que era la técnica más difícil y no pretendía lograr nada con ella. Sólo jugar como puede hacer un niño de corta edad. Para mi sorpresa algunas acuarelas simplemente “funcionaban”. Contra todo pronóstico tenían un algo que me llamaba la atención. Técnicamente eran muy simples por decir lo menos malo. Y sin embargo … Sin duda lo pasaba ( lo paso ) muy bien pintándolas. Estoy seguro de que se traslada al papel.

Hoy en día más que nunca existen variedad enorme de técnicas de expresión plástica y todas valen. Creo que la pintura en sus formas más básicas, más simples, tiene una cualidad que la hace vigente desde la Edad de Piedra: uno puede sentir el trazo de la mano que la creó. Es una mano como la tuya.

Sobre estas imágenes: son pequeñas acuarelas de la serie que pinté recordando paseos por el Jardín Botánico de Madrid. El número que traen a pié de foto quiere señalar el número de pasos incontables que se dan en un buen paseo. Aquellas que tienen otra leyenda es porque se vendieron. Viven en sus propias casas.

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