Las personas que vivimos con un perro – o dos – somos afortunadas. La responsabilidad de proveerles de buenos paseos, nos da la ocasión de conocer el mundo a nuestro alrededor de un modo que de otra forma seguramente, se nos escaparía. Lo diré más claramente: ¿qué clase de tarado iba a salir de paseo con la que estaba cayendo y lo a gusto que estaba en su cama, de no ser porque los perros han de mear? Lo cierto es que una vez que estás en la faena, es más que fácil dar un paso tras otro y enseguida la vida, que es generosa con los que se quitan las legañas, empieza a desplegar bondades a tu paso. ¡Anda, mira: la garza en el Manzanares! Hace frío y llueve. La garza también me mira a mí.

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