Hace unos añitos ya, me ofrecí a cuidar del gato de una amiga que se iba de viaje. Básicamente la tarea consistía en pasar por el piso diminuto y reponer la comida, el agua y la arena. Era una tarea que parecía a mi alcance y la posibilidad de fastidiarla era lejana. Pero me dió por pensar que el gato se sentiría solo y desgraciado y que podría llevarlo a mi casa y jugar con él. Hacer una buena acción y ahorrarme los paseos… en definitiva. El gato se llamaba Gus y era un persa negro, bellísimo aunque tremendamente gordo, sin duda por un régimen de confinamiento excesivo y quizás también porque mi amiga, para sentirse menos culpable por tener un bicho tan espléndido en unas condiciones tan escasas, le echaba de comer indiscriminadamente. Para el buen Gus, pasar una temporada en mi casa, con plantas, terraza y la posibilidad de hacer algo de ejercicio por los tejados, iba a ser un sueño .

O eso pensaba yo cuando metí al gato en su trasportín y lo bajé al coche. A punto de arrancar le eché otro vistazo. El bicho estaba boqueando con un ataque de ansiedad del tamaño de Godzilla. Rápidamente lo devolví a su área de confort y me quedé hasta comprobar que estabilizada sus constantes. Le llevó un rato. Yo soy como ese gato. Lo que más me gusta de ir de viaje es el regreso.

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