A menudo me parece que paseo por la luna y  puedo hacer  dibujos sencillos, livianos, con acuarelas, sobre las cosas que veo, lo que me rodea y lo que es mi vida, del mismo modo y manera en que quiero verlo  y quiero que sea.  Hace un par de entradas en este blog, me he servido de la frase “cuando el sabio señala la luna, los tontos miran al dedo “. Dejando aparte consideraciones sobre la titulación de “sabio”, me gusta este refrán porque me imagino el “dedo” como  el cuadro o el dibujo, la foto  o lo que sea la obra … y  “la luna” como  la manera en que se recoge la imagen. Esto es lo que da el  carácter y la personalidad a lo representado . Así se nos habla de una Luna de bondad o de indiferencia, o de dolor, o de calma. Hay tantas Lunas como voluntades.  Si te gustan mis acuarelas  es como si dieras permiso para que la forma en que lo que veo y pinto sea  verdad. Si te gustan es como si también fuera verdad para tí.

Hace poco que he pintado esta serie de acuarelas que veis aquí, y según las estaba pintando pensaba :”¿le gustará esto a alguien como me gusta a mí?”. Creo que pocas veces he sido tan radical en mis planteamientos como en esta serie hecha a toda prisa sobre el Jardín Botánico de Madrid.

Pasear me gusta casi tanto como pintar. A ser sinceros, por lo general me gusta más… La satisfacción de hacer un trazo y que todo encaje es sensacional e insuperable pero no siempre que estás pintando sucede. Sin embargo un paseo es muy raro que no traiga, al menos, un buen momento. Creo que puedo pasear por cualquier lugar y la belleza y la vida me sale al paso. A veces resulta frustrante… porque no puedes pintarlo todo. Pintar para mí tiene mucho de gratitud y de reconocimiento por lo que recibo. Puede ser doloroso no estar a la altura y … no nos engañemos: nunca se está a la altura. Hay que hacer “otra cosa” … A ver si me explico. Yo sé pintar lo que se dice “muy bien”…pero pintando así no consigo ni siquiera arrimarme al listón de la realidad. Prefiero hacer trazos sencillos y rápidos con acuarelitas que, mientras los hago, me van colocando en un lugar muy parecido a lo que siento mientras paseo. ¿Cómo es eso?

Pasear es algo que llevo haciendo, creo, desde que supe quien iba a ser de mayor. Iba a ser una de esas personas que no se entregan con demasiada energía ni convencimiento a ninguna causa. No fue una “decisión” ; más bien una toma paulatina de conciencia. Las propuestas ofrecidas para mi futuro me resultaban ajenas. Era mejor esperar que involucrarse a lo tonto para luego tener que recular. Y resulta que el tiempo pasa más despacio cuando no se tiene nada que hacer. Creo que ahí fue cuando me convertí en un paseante. Uno se echa a andar igual que la gallina que cruza la carretera. Al rato los pensamientos se acompasan al ritmo de los pasos y los pasos al ritmo de las imágenes que uno mira. Todo llama la atención, pero nada demasiado. Solo que a veces sí. A veces una ocurrencia destaca del resto y parece que se puede convertir en una buena idea… Con las imágenes sucede lo mismo pero de forma más potente . Cuando algo llama la atención, se produce a menudo una especie de reacción en cadena y a partir de ese momento “todo” llama la atención. Es apartar un visillo de polvo que ocultara el brillo natural de las cosas. Normalmente a esas alturas ya no estoy pensando en nada y el efecto es muy agradable.

Hay lugares que favorecen esta especie de deslumbramiento – aunque creo que tiene más relación con el ritmo lisérgico de los pasos, que con el interés que ofrece el lugar en sí mismo…- Bueno; uno de esos lugares es el Jardín Botánico de Madrid. Lo primero que uno siente es cómo se amortigua el ruido de la ciudad. No desaparecerá hasta que no nos adentremos más; pero me gusta sentirlo así: en sordina lejana. Me parece que los árboles y las plantas tienen el poder de recoger el silencio y ofrecerlo. Es estupendo. Esta primera impresión de entrar en un mundo habitado por seres silenciosos y acogedores se hace mayor al entrar en conversación con cada planta. Cada cual con su forma y disposición de hojas, tallos, flores y colores. La variedad es inmensa y una por una son singulares y bellas. Es un festín para la vista y no resulta fácil estar alerta a todo. Mi capacidad de prestar atención se consume en un periquete y tengo que pasar de largo como de tapadillo, por un parterre tras otro hasta recuperar la capacidad de emoción. Entre tanto he dejado que otros asuntos me atraparon: un gato, los jardineros trabajando, otro visitante. Hay parejas que se hacen fotos delante de las flores y sonríen. Cuando han hecho la foto dejan de sonreír. Otros corren para señalar a su acompañante descubrimientos sensacionales y otros caminan con pausa dejando vagar la vista a capricho. Estos son mis favoritos… Me aparto del tema: los paseos por el Botánico no me duran mucho. Por unas cosas o por otras otras llega un momento en el que me duele perderme tantas cosas en la que uno debería fijarse y prefiero marcharme. Siempre hasta la próxima.

Al llegar a casa tengo que vaciar el cargamento de imágenes que traigo en el ánimo . Y empiezo a pintar acuarelitas. Una, otra, otra y otra más. Y luego otra más… Y así hasta que las pinceladas semejan el ritmo de los pasos que dí y tampoco tengo ya ningún pensamiento y todo se vuelve brillante otra vez.

Colección Jardín Botánico ya disponible, haz clic aquí ¡¡