Hace cosa de una semanita, asistí contento al monográfico sobre ilustración que impartía Maria Herreros. El curso ponía su énfasis en la representación de los personajes no sólo por el físico, sino por los colores, composición y sobre todo – entendí yo – por aquellos elementos que podían referenciar la vida y carácter del personaje a reflejar.

Elementos que cuentan una historia.

Teníamos los asistentes que elegir un personaje, real o imaginario, y hacer un retrato siguiendo estas pautas. Me pareció interesantísimo pero rápidamente fracasé. Y mira que me gusta a mí el retrato, eh. Llevo prácticamente toda mi vida con ello. Para alguien mucho más tímido de lo que hago aparentar, el retrato siempre se me ha parecido una posibilidad a mi alcance de acercarme a los demás…

Pero… incompleta, claro. Quiero decir que uno no puede sustituir a una persona por una imagen… que me parece que es, en el fondo, lo que a todos los amantes del retrato nos gustaría. .

Si fracasé, creo yo, es porque no va demasiado con mi talante el poner en el papel – el lienzo o lo que sea – algo que no tengo estrictamente delante de mi cara. La realidad es que no me gusta mucho pensar. Prefiero primero pintar o dibujar y luego ver qué ha pasado. Le tengo más confianza a mis ojos y a mis manos que a mi cabecita.

Y esto no es ni bueno ni malo, simplemente es así. También es “así” la intuición que tengo sobre las personas -y todo en general- que es que “nadie conoce a nadie”. Hacer un retrato para mí es como echar un vistazo a un abismo de fondo desconocido. No hay que “entenderlo” no hay que pretender saber lo que hay ahí en lo profundo; ni mucho menos creerte capaz de desvelarlo. Ahora bien… si suena la flauta… y soplar siempre es divertido.